Una vez leí que cuerpo y casa son depósitos donde se almacenan recuerdos y olvidos, y que los espacios de la casa están interiorizados de tal modo que moverse por ellos acaba constituyendo una forma de moverse por el interior de uno mismo. A veces pienso que es verdad, y que ahora mi abuela se siente como su casa. Con cuatro habitaciones vacías, con ventanas que nadie abre y plantas secas. A veces también me siento como una extensión de su casa. Como si el camino que hay de su puerta a la mía, no fuera solo un trayecto, sino un pasillo, un poquito más largo y sin techo, que une los dos espacios. Como cuando Inés se fue de casa, y nos regalaron las mismas sabanas, y así parecía que aún estábamos en la misma habitación, y que si miraba el edredón, era una continuación del suyo, y que así de alguna manera uníamos dos espacios, aunque ella sigue en Madrid y yo en Barcelona.
Un día descubrí que los espacios también son procesos y que una habitación no acaba dentro de cuatro paredes, y entonces, en vez de pensar los lugares como áreas contenidas dentro de unos límites, empezé a imaginarlos como mo- mentos articulados en redes de rela- ciones y experiencias, que pueden extenderse y que su definición no tiene que realizarse a través de una simple contraposición con el exterior, sino que puede proce- der, en parte, precisamente de las particularidades de los vínculos con ese exterior, que pasa a ser, por tanto, una parte más de lo que constituye un lugar.
Vestir casas y unir lugares. Quiero guardar recuerdos, espacios, y algunos objetos. También escribirle una carta.
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